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lunes, 31 de octubre de 2011

Mirando al espejo

Como una maldita droga. Eso es lo que a veces siento cuando me levanto por las mañanas después de volver a soñar lo mismo. Apoyo los pies en el suelo. Qué frío. Cierro los deditos, pero en el fondo gusta. Vas abriéndolos para que sientan el latir inerte del mármol. Me llevo las manos a la cara. Los ojos parece que se niegan a terminar de abrir. Ya es hora, pienso. Pero parece no gustarles ni el sonido del despertador ni lo que dice mi cabeza. Perezosos. Como el dueño.

Me pongo en pie de un impulso. Las rodillas mentan a mi madre, como la espalda. Y de repente, ese gesto que hace que no vuelvas a meterte en la cama. Te estiras y sientes ese hormigueo recorriéndote de arriba a abajo. Ha comenzado el día. Arrastras los pies hasta el baño. El agua helada del grifo a las 7 de la mañana te recuerda lo duro del madrugar. El cepillo de dientes ya te observa sonriente, con su cresta punk preparada para recibir su dosis de binaca. De 5 a 10 minutos de jornada labora matutina que tiene el muy cabrón. Nada hace más hasta la noche. Imagino que hablará de algo en todo el día con su vecino, el cepillo de mi hermano, o el bote de espuma de afeitar que procuro no dar mucho uso en la semana. Piel sensible. Me pregunto de qué hablarán. De la crisis? El 20N? de fútbol?

Y miro al espejo. Yo. Y de nuevo el sueño. Tú.

No puedo evitar torcer el gesto

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